Corriente Alterna: Santa Anna en Washington

En 1836, los Tejanos, quienes estaban hartos de la indiferencia de su
gobierno y cruel aislamiento, decidieron independizarse de México. En respuesta, el entonces presidente, Antonio López de Santa Anna , en un alarde de grandeza, lideró, a su
modo de ver; como Alejandro Magno, a su ejército, que partió desde la Ciudad
de México hasta aquellos lejanos territorios, para apaciguar a los revoltosos. 
La gran travesía
presentó problemas desde el principio. Cuando los víveres escasearon en
las primeras semanas. La situación era tan grave que  incluso dicen que el mismo presidente, tocaba
en las puertas de las casas para pedir ayuda para la causa; ya fuera con unas
gallinas o costales de harina.
Aquella columna militar pronto se convirtió en
una lánguida fila de andrajosos soldados, a la que se le unieron a lo largo del
camino de todo: pordioseros, niños, vendedores ambulantes, afanadores, curanderos,
músicos improvisados. En fin, aquello más que un ejército parecía un grotesco carnaval. 

Cuando llegaron a su destino y después de
algunos enfrentamientos, lograron sitiar al fuerte de El  Álamo, repleto entonces de aterrados tejanos,
que al ver la situación perdida asomaron la bandera blanca. A Santa Anna poco lo
le importó que adentro hubiera mujeres y niños. Optó por dar un escarmiento
ejemplar y arrasó con todos. Confiado de la supremacía de su armada, continuó
su campaña a San Jacinto para acabar de una vez con todos los alborotadores. Como
sentía la contienda ganada de antemano, y ya agotado por los agitados
eventos, se tumbó a los pies de un roble, sus soldados se contagiaron del sopor
y juntos tomaron una siesta.

Desde una colina, Sam Houston veía con su catalejo la
escena, ¿Sería una emboscada?, confirmó con sus vigías y no lo podía creer, el
ejército estaba profundamente dormido junto con el tirano. En lo que habrá sido
la victoria militar más fácil de la historia, el presidente de México
despertaba de su plácido sueño, con su ejército rendido y él capturado por el
enemigo. La postura de Houston era tajante, Santa Anna debía ser ejecutado, sin
embargo, el gran seductor tenía uno de tantos ases bajo la manga. A cambio de
su vida, concedería a Tejas su
independencia mediante los tratados de Velasco, que a su regreso a México
serían ratificados por el congreso (su congreso) y asunto arreglado. Para mala
fortuna de Santa Anna y mucho peor para la de  México. Al estar instalado en El
Invencible, navío con el que zarparía rumbo a Veracruz, una orden detuvo
abruptamente su partida. El presidente Jackson, deseaba ver a Santa Anna, no en
Tejas sino en Washington.

El período que Santa Anna estuvo cautivo en Washington
es oscuro y al parecer poco documentado, se sabe que duró un año, que fue
atendido como todo un jefe de estado, y que los tratados de Velasco fueron
revisados. En su renegociación se sumaron a la separación de Tejas: la Alta
California, Nuevo México y Arizona. A cambio se obtuvo una generosa
compensación de dinero que se le entregó a Santa Anna. A su regreso, el congreso
le restituyó en su cargo de presidente, y en reconocimiento a su heroísmo se le
nombró Alteza Serenísima.  Los militares
que le acompañaron en su cruzada fueron elevados a próceres y se les
asignó una espléndida pensión vitalicia.  México
dejó de ser el país más extenso del mundo hasta entonces, al ceder más de la mitad de su
territorio.

Marx dijo que la Historia se repite dos veces: la
primera como una tragedia y la segunda como una comedia. En los próximos días,
nuestro presidente se reúne con su homólogo en Washington para dar inicio a
la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Le deseo,
con gran vehemencia, que llegue descansado  al encuentro, para tener los ojos bien abiertos y que nunca le venza el sueño.