Corriente Alterna: El laberinto de la memoria

Aquella tarde el sol caía a plomo sobre Sedona, seguro
estábamos a más de cuarenta grados. Era un sauna en el que los árboles parecían
bailar ante mis ojos nublados por el  sudor. Caminamos por acantilados y tortuosas
veredas pedregosas. -Falta poco-, nos decía Janel, -vale la pena, verán-. No nos
mintió, un oasis se revelaba ante nosotros. Una hermosa cascada bañaba a un
pequeño lago turquesa, sin pensarle mucho nos arrojamos, nadamos por horas, y luego
nos tendimos en la orilla. Nos despertó el frío, sin darnos cuenta nos habíamos
quedado dormidos, el cielo ya no resplandecía, era tarde debíamos regresar. A
mitad del camino, el bosque había perdido su verdor, ahora era violáceo y los
árboles ya no bailaban, más bien parecían hostiles gigantes reclamándonos con
sus largos brazos. Después de andar y andar y cuando los pies nos mataban,
horrorizados escuchamos el rumor de la cascada, habíamos dado vueltas en
círculos, estábamos completamente perdidos.  

Stephen Wiltshire siempre fue un niño diferente,
distante, no articuló palabra sino hasta los nueve años, era autista,
desde pequeño sus padres lo inscribieron en una escuela especial. Rápidamente
sus tutores advirtieron su gran habilidad con el dibujo, y sobre todo una
extraordinaria facultad: a su alumno le bastaba realizar solo una breve inspección a
intrínsecos edificios para que los reprodujera fielmente sin necesidad de
verlos nuevamente, no había duda, Stephen era un genio.

Pasaron los años y estudió arte, su talento fue
cultivado y reconocido por los críticos, sin embargo su descomunal capacidad de
memoria siguió siendo un misterio, ahora ya no era solo capaz de replicar
edificios con un vistazo, sino barrios enteros, su habilidad de retención
parecía no tener límites. Fijó entonces sus horizontes en objetivos más
ambiciosos: un día subió al punto más alto de Londres, observó las diferentes
perspectivas de la ciudad y regresó a duplicarla en un gran mural, todo de
memoria. Su fama se esparció por el mundo, ahora le llovían ofertas para
plasmar otras megalópolis.

La noche nos cayó súbitamente, solo una luna menguada
alumbraba levemente al tétrico bosque, estábamos atrapados en un oscuro
laberinto, sin un solo punto de referencia. Todo apuntaba a pernoctar en esa
negrura equipados con solo unas toallas mojadas. –Síganme, esta loma se me hace
conocida-, dijo Janel, casi a tientas nos dirigimos hacia a aquella burda
silueta. De ahí, pudimos reconocer algunas marcas en el sendero, que ahora distinguíamos
del resto. Poco a poco, como cuando se unen puntos en los cuadernos de iluminar,
un tenue sendero se revelaba. Con paciencia y guiados por un sentido de
orientación que despertaba de un largo sueño, supimos de pronto que los recuerdos siempre estuvieron dentro de nosotros,
ocultos en algún recoveco de nuestra memoria. Logramos ver a lo lejos el claro
en el cual nos esperaba el auto y nuestra libertad. Hoy lo evoco como uno de
los momentos más felices de mi vida.


Stephen subió a un helicóptero, como una cámara
viviente registró la monstruosa Ciudad de México, la nave sobrevoló de polo a
polo la interminable mancha urbana, cuando el singular pasajero se sintió
satisfecho, regresaron al hangar. Un vasto lienzo le esperaba para ser vestido.

Varios días con intensas jornadas le tomaron al
artista para completar su obra. Dominé mi ansiedad para no ir sino hasta que
estuviera cerca de culminarla. Finalmente tomé un taxi que me llevó al
vestíbulo de la Torre BBVA. Ahí como muchos asistentes quedé conmocionado por
lo que vi. Una réplica exacta de esta ciudad, calles, edificios
escrupulosamente detallados, parques, autos, rotondas, el lugar donde trabajo, mi
casa, las casas de mis amigos, los lugares que frecuento, la escuela de mi hijo.

Sin embargo hubo algo que me conmovió profundamente, y es que nunca pude ubicar
gente plasmada, como si fuera inexistente para el artista, como si siempre hubiera
estado solo aquí. Esperé el momento en el que Stephen delineó su último trazo,
en su sonrisa percibí un alivio infinito, el de la libertad recuperada, quizás
la misma que viví cuando escapé del desolado laberinto de Sedona.
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Agradezco de todo corazón a este espacio de expresión, que me ha brindado durante este nuestro primer año, su apoyo incondicional para compartir mis ideas, temores e inquietudes. Respetando íntegramente el mayor derecho de los individuos: la libertad de pensamiento. Y a quienes me han honrado con su lectura y preciados comentarios, reitero mi agradecimiento y compromiso por ofrecerles siempre la sinceridad de mis palabras. Un abrazo.

Víctor F Arriaga

5 thoughts on “Corriente Alterna: El laberinto de la memoria

  1. Vic,
    Es un placer recorrer las letras que se juntan construyendo viajes e ideas plasmadas de calidad con cálido pensamiento.
    Y un gran honor el poder saber que surgen de un amigo al que he admirado desde el primer día de oportunidad de encontrarle.
    Sinceramente felicidades.

  2. Vic,
    Es un placer recorrer las letras que se juntan construyendo viajes e ideas plasmadas de calidad con cálido pensamiento.
    Y un gran honor el poder saber que surgen de un amigo al que he admirado desde el primer día de oportunidad de encontrarle.
    Sinceramente felicidades.

    1. Estimado Raúl, gracias por tus comentarios, es recíproco. Sabes? Este artículo nació de nuestra pasada conversación. Estoy convencido que la mente es un enigma maravilloso, el cual aún sólo lo conocemos a través de diminutas rendijas. Un abrazo.

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