Corriente Alterna: Mirra, la india poblana.

Me encuentro aún despierta, y no puedo conciliar el sueño como las demás. Desde que llegué a esta barraca no he dormido ni un par de horas. Todo este silencio me inquieta, no ha sido así los otros días. Además en esta horrible penumbra, casi no veo nada: sólo la sombra de un árbol proyectada en el piso que parece un gigante caminando hacia mí.

Pasajeros de La Nao

Cierro los ojos imaginando que estoy recostada en la cama de mi casa y que al abrirlos veré a mis hermanos y mi madre a mi lado. Escucho algo, unos rumores, como si alguien estuviera rezando, y ahora percibo movimientos, veo unas siluetas que se desplazan en el dormitorio, alguien se acerca a mí, me amordazan, me colocan una capucha en la cabeza, ya no veo nada.
Oigo un alboroto, todos hablan al mismo tiempo, no entiendo lo que dicen, alguien grita: es la voz de del capitán Alves, -¡Llévenla!- grita, me levantan de mi tapete, sigo sin entender lo que ocurre, varias manos me estrujan y me guían no sé a dónde, camino a tientas y choco contra otras cautivas, estamos atadas por los pies y por los tirones que siento en ellos, supongo que formamos una fila, como en las que hemos sido trasladadas de pueblo en pueblo.
La iglesia de Santo Tomás era impactante. Los techos altos revestidos con figuras llenas de detalles, como los que vi en mi amada Panaji, solo que estos son diferentes, no como Hanuman el dios mono, fiel devoto de Rama reencarnación de Shiva, o Brahma el creador del Todo. Estos son dioses tristes y severos, rodeados de niños aladoCatarina San Juan s con extrañas trompetas. Un monje, de tantos que he visto en mi trayecto, me unge en la frente con aceite y me vierte agua de un pequeño pozo, en su lengua alcanzo a entender que desde hoy ya no seré Mirra hija de Nepatan Chaktam. No seré más impura por rezar a mis
queridos dioses, para ellos malévolos y obscenos. Mis pecados se han lavado y ahora he renacido, desde hoy seré Catarina San Juán, y serviré en tierras de ultramar, más allá de lo permitido a los de nuestros lares.

El trayecto ha sido tortuoso, más allá de lo soportable. Quince marineros han muerto por disentería, la fiebre me atacó por varios días, pero han sido las hojas de Fray Toribio las que me han hecho sanar y ahora puedo ponerme en pie sin ayuda de mi hermana de juramento Sadhvi. Desde hace varios días he escuchado que nos encontramos cerca, posiblemente en algunas semanas podremos estar en tierra firme y al fin podré líbrame de este terrible mareo.
Acapulco, es un lugar sucio, mal oliente, con algunas casuchas de madera y lanchas de pescadores postradas a lo largo de la costa. Nos espera una gran multitud que se arremolina alrededor del barco.
Tan pronto atracamos, un grupo de cargadores traslada las mercaderías que rápidamente son apiladas en carretas, en una de ellas me acomodan. A lo lejos veo a Sadhvi. Las dos lloramos, sabemos que nunca más sabremos de nosotras.

Ha pasado tiempo desde que llegué a la Ciudad de Puebla de los Ángeles. Aun recuerdo el día que andrajosa, me recibieron en la casa de Don Miguel de Sosa. Me asearon, me asignaron mis aposentos. Aprendí los enseres, y poco a poco me fui ganando la confianza de Concepción, el ama de llaves, quien me enseñó los secretos de la cocina que a su muerte heredé como encargada; y que aunque me gusta y es muy variada, es un tanto insípida. Por este motivo pedí en una ocasión a mi esposo Domingo, a quien prefiero llamarle Xiao, pues es originario de China. Que contactara a sus coterráneos, quienes traen en el galeón de la Nao, en el cual llegué hace más de diez años, especias de Oriente para aderezar los guisos de mis patrones. Así como algunas sedas con las que he confeccionado mis ropas, que a ojos de los locales resultan muy coloridas e intrigantes, y que cuando vienen a probar mis comidas; cada vez más populares en la región, no dejan de admirar por su rareza. Siendo ahora tan famosas aquí, que en varias casas ya algunas jovencitas piden ser ataviadas como yo, como la alguna vez llamada Mirra, ahora conocida como la China poblana.

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